Programa de Economía Cultural - UAM Xochimilco

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16-10-2017 19:12:59

Becas del FONCA: estimular la antropofagia

Una vez más, el anuncio de los estímulos del Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA), nos permite reflexionar sobre la diversidad de polaridades económicas que se pueden advertir. No podemos conformarnos con el dictado de que el subsidio a la vida de los beneficiarios, pretende reducir el impacto de la precariedad laboral (y con ello la marginación social), ya que ante la lucha por la subsistencia, el impulso creador se pierde. Tampoco que con la entrega de recursos públicos a quienes son identificables por sus contribuciones a los procesos culturales del país, la sociedad les reconoce su invaluable (inauditable) aportación. Estas posturas convencionales –que por supuesto hay otras- han servido de escudo al aparato institucional y a quienes se benefician de dicha intervención, para la defensa de sus intereses y para evitar una evaluación objetiva de los resultados que se obtienen de dicho sistema.

 

Otras visiones que con el paso de los años se han expuesto, cobran mayor relevancia ante la nueva cauda de debilidades por las que atraviesa del Estado benefactor. Por ejemplo, que los estímulos deberían otorgarse también con base a un estudio socioeconómico. Con ello se haría evidente la necesidad del subsidio y su efecto multiplicador en la manutención, tranquilidad liberadora de la creatividad. En tal perspectiva, depositar mensualmente y por varios años una suma de dinero a quienes cuentan con empleo fijo, que tienen variadas fuentes de ingresos, que son funcionarios en niveles no prohibidos para la asignación del reconocimiento, que sus derechos de propiedad los manejan o bien pertenecen a particulares que los explotan, que poseen bienes muebles e inmuebles, o que son dueños de pequeñas y medianas empresas, anula el impacto que en la economía doméstica se busca. La combinación de liquidez que asegura las condiciones de vida, con el excedente que genera el bono de la autoridad vía un jurado cuyo nivel socioeconómico es muy superior a la media, incrementa sin duda la marginación social.

 

Otra postura indica el natural cuestionamiento a la valoración de trayectorias, elemento en el que se sustenta primordialmente la votación que determina al ganador de la beca del SNCA. Se juzga inviable aplicar reactivos sujetos a estándares medibles y abiertos al escrutinio público. Tampoco se permite fincar criterios de productividad a la labor creadora. Menos aún es posible relacionar el proceso creativo con un mercado interno y su consumo. En la lógica de autoridades, jurados y beneficiarios, es un despropósito –por no decir la violación a un derecho humano, cultural y de postura política- encauzar ese gasto público con la certeza de que tiene destinatarios que podrán beneficiarse de lo que es -al final de la cadena- una inversión pública (o si se quiere, cultural). No olvidemos que el dinero que reciben docenas de artistas se obtiene a través de la recaudación fiscal, de la explotación de los bienes propiedad de la nación o por endeudamiento.

 

Aunque existen algunas acciones tendientes a comprometer a los artistas premiados con ciertos sectores de la sociedad, esta reciprocidad dista de criterios de focalización y de medición de resultados. Como mandatan diversidad de instrumentos jurídicos, todo programa de gobierno que responde a una serie de políticas, debe ser evaluado, comunicados sus beneficios y debe ser alejado de su usufructo político. Por ello, para estar en boga, es imposible determinar si el SNCA ayuda a restablecer el tejido social, a disminuir la violencia y paliar la inequidad. Tanto como es problemático señalar si los recursos de que disponen los becarios se emplean para fines de su proceso creativo, si hay derrama que alimente cadenas de valor y, por citar una arista, si cuando un beneficiado ha gozado en más de una ocasión del estímulo, tal fondeo repercutió mayormente en generación de riqueza espiritual, simbólica y material.

 

Se considera inadmisible categorizar desde una lógica economicista no sólo el SNCA, también la mayor parte de la intervención del Estado en el sector cultural. Pero lo cierto es que hay becarios según el estrato social: pobres, de clase media, de clase alta. Nada sorprendente ya que ocurre en el país en sus distintas prácticas político-sociales. Sin embargo, la ausencia de rigor gubernamental, por no decir honestidad, favorece con las becas artísticas lo que ocurre con las medicinas, el agua, el predial, lo que con otros bienes y servicios de gobierno y la política tributaria: la población de menores ingresos es perjudicada con relación a los que más tienen.

 

El desplegado del Conaculta vía Fonca da para un amplio catálogo de reflexiones. Una, la dramática concentración geográfica de los estímulos en el Distrito Federal. Una tendencia histórica e irreversible justo a raíz de la marginalidad y el subdesarrollo que prevalece en el país. Otra, con vistas a un análisis profundo desde sus implicaciones generacionales, la estrechez de la comunidad cultural que busca el subsidio: la gran mayoría de los que pueblan el desplegado son receptores (o susceptibles de) de recibir apoyos y encomiendas de otros programas financiados con el gasto público, ya sea en universidades, a través de fundaciones, organismos de la sociedad civil, en instancias estatales y municipales. Y una reflexión más: son identificables los elementos de la costumbre de becar a quienes no pueden circular sus productos creativos: son las garantías para la inversión a fondo perdido.

 

Si se tomara en serio el ofrecimiento de un presupuesto base cero para el gobierno federal, la suerte de muchos programas del subsector cultura no resistiría ninguna prueba para justificar su permanencia en el presupuesto. Pero hay una costumbre arraigada del Estado cultural que lo impedirá: estimular la atropofagia como práctica de legitimación.

 


Es egresado de la carrera de Comunicación de la UAM Xochimilco, con Especialidad en Políticas Culturales y Gestión Cultural por la UAM Iztapalapa. Ejerce el periodismo desde 1980 en distintos diarios y revistas, como también la gestión cultural en diversidad de instituciones. Ha desplegado una amplia labor de análisis de la diplomacia cultural, de las políticas culturales, de la economía cultural, de las empresas culturales y en la formación de emprendedores culturales.

En su trayectoria destaca su desempeño como agregado cultural en las embajadas de México en Chile y Colombia, cuyo gobierno le condecoró con la Medalla al Mérito Cultural. Cuenta con dos obras que reúnen una parte de su quehacer como analista, reportero y cronista: Desde la frontera norte (UAM-Iztapalapa, 1991) y Del mismo cuero salen las correas (UAM-Xochimilco, 2002). La editorial colombiana Común Presencia publicó el volumen de prosas poéticas Saldo a favor (2005).

Es coautor del estudio Políticas culturales en México, 2006-2020, coordinado por Eduardo Nivón (Editorial Porrúa, 2006). Coordinó las obras Diplomacia y cooperación cultural de México: una aproximación, obra pionera en su ámbito (UNICACH/UANL, 2007); 1968-2008. Los silencios de la democracia (Editorial Planeta, 2008), serial de entrevistas que abordan la situación de los medios de comunicación en el país; Economía cultural para emprendedores. Perspectivas (UAM/UANL, 2010), obra también sin precedente en el campo y es coordinador al lado de Carlos A. Lara González de 1988-2012. Cultura y transición (UANL/ICM, 2012), obra que por vez primera ofrece una visión sectorial de 24 años.

En junio de 2009 creó en la UAM Xochimilco el Grupo de Reflexión sobre Economía y Cultura (GRECU), del cual es coordinador. Desarrolla una amplia tarea como consultor. En esta línea de trabajo destaca la coordinación del Programa Sectorial de Cultura de Oaxaca 2011-2016. También ha realizado análisis económicos del Festival Internacional Cervantino y del Centro de Cultura Digital, en momentos del Conaculta.

En 2011 apareció el epistolario y a la vez reportaje novelado Colombia tiene nombre de mujer, en coedición de Ediciones Sin Nombre y la UANL. Participa del Proyecto ¿Cómo vamos ciudad de México? del periódico El Universal. Su obra más reciente como coordinador es TLCAN/Cultura ¿Lubricante o engrudo? Apuntes a 20 años (UAM/UANL, 2015) y es coautor de Una nueva diplomacia cultural para México, coordinado por César Villanueva (UIA, 2015).

Su obra más reciente como autor es Sector cultural. Claves de acceso (Editarte/UANL, 2016). Actualmente es Jefe del Centro de Extensión Educativa y Cultural Casa Rafael Galván Maldonado de la UAM.