Programa de Economía Cultural - UAM Xochimilco

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16-10-2017 19:03:05

Una temporada de la OFUNAM

 

Eduardo Cruz Vázquez

 

Hubo un tiempo, ya no se hace cuánto, en que se podían leer con frecuencia crónicas de conciertos. Leer a reporteros y críticos que se ocupaban de contar lo que interpretaba una orquesta sinfónica o filarmónica. Esa narrativa la ejercen contados personajes. Se impuso la nota informativa. A veces sale la entrevista -básica, elemental- al director huésped o al solista invitado. De los restos de ese periodismo cultural se alimentan las siguientes líneas.

 

La primera temporada de la Orquesta Filarmónica de la UNAM (OFUNAM) resultó muy buena. Asistí a ocho de nueve conciertos que cubre el abono, por el cual pagué 640 pesos en la zona de coro de la sala Nezahualcóyotl. Su precio normal es de 1,280 pesos. El descuento de 50% se otorga a cualquier persona, basta con estar al pendiente de su venta.

 

Me gusta la zona de coro ya que disfruto de ver el arte de la dirección. Desfilaron ante mis ojos el joven Iván López Reynoso, director asistente de la OFUNAM. Va bien el muchacho. Tiene porte y simpatía (cómo olvidar sus pantalones zancones). Ejerce buen control. De las obras bajo su batuta en el primer programa, me quedo con la emoción de la Suite no. 2 de La arlesiana, de Bizet.

 

En el segundo programa me llené de felicidad. Al fin una obra de Buckner, la Sinfonía no. 8 en do menor. Dirigió el carismático y colmilludo Enrique Diemecke. Disfruto verlo dirigir sin partitura. A golpe de emoción y talento. Bruckner: una sola pieza, enorme y profunda. Cuatro movimientos. No hay manera de que te pase inadvertido cada episodio.

 

Otra revelación llegó en el tercer programa: la marimba del ruso Víctor Sych. Una ejecución en marimba californiana, con la partitura del chilango Carlos Salomón, quien la dedica al genio del instrumento, Javier Nandayapa: Concierto para marimba y orquesta. Ustedes dirán si tal combinación no es explosiva. Y si agregamos que estuvo bajo la batuta del director artístico, el inglés Jan Latham-Koenig, la cosa -en efecto- se puso mejor.

 

Un abonado (y con años) puede llegar a reunir un catálogo de sensaciones del conjunto orquestal al que le es fiel (leal). Una de ellas, y que es todo un reto, es la capacidad de adaptación de los músicos a diferentes directores. Por eso la temporada que pasé de enero a marzo será inolvidable. En el cuarto programa el banquete lo ofreció el francés Martin Lebel, que se coronó con la Sinfonía no. 4 en re menor, op. 120 de Schumann.

 

En el séptimo programa la noche fue de chinos: del director huésped Lin Tao y de las solistas (¡tres jovencitas!) Ying Dong (en el sheng), Su Chang (en el zheng) y de Lan Weiwei (en la pipa). Y para más lujo, la obra Los valles de los pinos que murmuran, con la presencia de su autor, Guoping Jia. Para el noveno y último programa, un director alemán ya conocido en estos rumbos mexicanos: Hansjörg Schellenberger. De rechupete el Dvorak, Serenata para alientos, violonchelo y contrabajo, op. 44, y el Mendelssohn de la Sinfonía no 3 en la menor, op. 56 Escocesa.

Cierto, no todo me brilló. En el quinto programa, con el señor Latham-Koenig, concebido para el 14 de febrero, de meloso no pasó. Y eso que montaron el célebre Concierto para piano y orquesta no. 2. de Rachmaninov. Para tal empresa del día del amor y la amistad trajeron al ruso Philipp Kopachevsky. No pudo con el paquete. Sin gracia el jovencito.

 

Tampoco me convenció el sexto programa del señor director artístico.

 

Tan tan.