Programa de Economía Cultural - UAM Xochimilco

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21-11-2017 11:59:46

Cultura y precariedad laboral

Eduardo Cruz Vázquez

Luis Foncerrada, como director del Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP), ha sido de los más insistentes en señalar que, si bien se hacen cuentas alegres de los empleos formales generados, casi todos son precarios. Es decir, el salario que se obtiene no alcanza a cubrir las necesidades básicas. En no pocos casos, son profesionales con títulos de licenciatura y maestría. Es más, salarialmente se regresó muchos lustros atrás. Así de grave.

 

Medir la precariedad laboral en el sector cultural reviste enorme complejidad. Se puede intentar hacer desde las plazas formales que generan las empresas y que registren en el IMSS. Sin embargo, la operación se dificultará por las aún frágiles fronteras en la cadena productiva. Es decir, no es fácil contar unidades económicas culturales, depende de su participación en el servicio, bien o producto que comercia.

 

Por otro lado, se puede medir la precariedad laboral cultural a partir de la informalidad y por el pluriempleo. Esto significa que sabemos de muchos trabajadores de la cultura que cobran por honorarios, como personas físicas con actividad empresarial, o a través de organizaciones de la sociedad civil, lo cual se traduce en no tener acceso a las prestaciones sociales básicas (es el régimen del llamado “salario pelón”).

 

Son empleos que tienen variaciones en el flujo de ingresos, ocasionadas por la inconsistencia de la demanda (del mercado interno) o bien por la variedad de fuentes de trabajo (con una cauda de implicaciones fiscales, tales como la evasión o bien el retraso de pago al SAT en el mejor de los casos).

 

Como sabemos, la precariedad es sólo un eslabón en los niveles de pobreza. En la estratificación social. Cuando intentamos ligar la condición económica con el proceso creativo, el grado de dificultad del análisis (y las posibles soluciones) aumenta. Tomemos como muestra al escultor callejero que aparece en la fotografía. Lo encontré hace días en el camellón de avenida Álvaro Obregón, en la colonia Roma.

 

Para estar ahí, el ¿artista? tuvo que realizar varios procesos. Desde obtener el permiso de la delegación, pasando por la propuesta escultórica (papel, lápiz, goma), hasta lo necesario para tener sus implementos de creación. Algún gasto hizo el amigo. Esa cantidad mínima a alguien benefició. Enterarnos de si su labor es fruto de un financiamiento (filantropía) es otra cosa, pero finalmente corrió dinero, con el propósito de generar dinero.

 

Este hombre escribió su demanda por el bien que produce a partir de un concepto que supera el mero asistencialismo, aunque se le pueda acusar de coloquial: pide cooperación. Y especifica: agua, comida, apoyo económico.

 

Episodios en esto de vivir del arte.