Programa de Economía Cultural - UAM Xochimilco

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21-11-2017 11:54:04

Hay algo podrido en la Ciudad Blanca

 

Manuel Lino  

Hace ya algunas semanas fui a la bella ciudad Mérida a que me diera una enorme tristeza que no solo todavía no se me quita sino que va creciendo día a día. No era esa mi intención, desde luego, ni la de los promotores del Festival Cultural de Mérida que me invitaron, pero debo confesar que tampoco tome precaución alguna para protegerme contra la desazón, podría decir sin exagerar que el sufrimiento me dio porque me lo anduve buscando.

 

 Me explico: El poco más de medio día que tuve libre, después de comprarme una obligada y magnífica guayabera verde pistache, recuerdos para la familia, relleno negro y escabeche en el mercado, me dediqué a buscar discos de música yucateca. Mis expectativas no eran muy altas. Desde que Armando Manzanero sustituyó a Guty Cárdenas como “el gran compositor yucateco”, o sea desde muchísimo tiempo, la verdad es que creo que los estándares andan un tanto abatidos. 

 

Sé además que la industria del disco (no quiero decir la de la música porque eso es mucho más grande y complejo) anda de capa caída. Pero ni mis peores prejuicios ni mis más sabias e informadas consideraciones podían haberme preparado la enorme decepción: no encontré un solo disco de música yucateca. Se me podrá decir que un par horas dedicadas a la búsqueda y sin preguntar a un experto local es poco.

 

Pero sin duda hay algo podrido en un lugar donde el turista común corriente puede llevarse guayaberas de todos los colores, tejidos y formas, joyería de apariencia maya prehispánica y hasta un horrendo y carísimo mantel bordado con “la historia completa de la región” (según decían los vendedores que eran maestros y no vendedores) pero no se puede llevar a casa un ejemplo de la música que probablemente escuchó en el restaurante a cargo de un trío. 

Y el panorama está aún más desolado, ya que la ausencia de grabaciones de música yucateca no se debe a que no haya tiendas de discos, al contrario. En mi recorrido de apenas dos horas en los alrededores de la plaza central debo haber visto al menos unos seis o siete puntos de venta, de los cuales solo uno no era pirata, y vendía música cristiana. 

Pero, como dijera aquel capo de la industria musical de infausta memoria, aún hay más, ya que los puntos de venta piratas, a diferencia de lo que sucede en otros lugares de México, no eran callejeros, no eran mantas tendidas sobre la banqueta con la mercancía regada lista para ser retirada de que llegara un “operativo”. No, están ubicados en locales con trecho, tres paredes y una cortina metálica o variantes similares.

 

Quizá no están muy bien montados y su apariencia es bastante perecedera, pero eran locales cerrados con, por decir algo, una farmacia a un lado y una zapatería al otro. Y el colmo: lo que se vende en esos puestos es puro punchis punchis (música electrónica de la peor calaña) y quizá algunas otras cosas. Es una lástima que ya no tuve oportunidad de platicar sobre el tema con el encargado de cultura del municipio, para preguntarle si además de hacer un vistoso festival, cosa que está muy bien, pensaba atacar el problema. 

Unas semanas después, en Oaxaca, la situación es distinta a la de la Ciudad Blanca. En casi todos los lugares donde se vende artesanía o ropa hay posibilidades de comprar música. Domina la familiar del poderoso empresario Alfredo Harp Helú, Susana Harp (a quien para mi gusto personal le faltan voz y enjundia), pero también hay otras cosas, algo de producción local y coproducciones del Conaculta.

 

 

Igual, no cabe duda de que hay algo podrido en un país donde hemos relegado nuestra música tradicional otrora popular a la mendicidad.

 



Estudió las carreras de Biología, en la UNAM, y Música y Guitarra Clásica, en el CIEM, pero se ha dedicado al periodismo y la escritura. Como escritor ha obtenido los premios Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés y el Nacional Ciudad Ecatepec con el libro Números para contar. Actualmente se desempeña como editor de la sección Arte, ideas y gente del periódico El Economista, donde procura dar rienda suelta a sus intereses por el arte, la cultura y la ciencia.

mlino6@gmail.com