Programa de Economía Cultural - UAM Xochimilco

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21-11-2017 11:53:23

Rocambolesco premio para Vargas Llosa

Rocambolesco, en una definición muy personal y un tanto peyorativa, creo que sería un término más o menos adecuado para denominar al premio Carlos Fuentes que, con sus 250,000 dólares, en su primera edición se le concedió a Mario Vargas Llosa. La palabra rocambolesco es relativamente nueva en el idioma Español, proviene del francés, del héroe y aventurero Rocambole, un personaje decimonónico creado por el novelista Pierre Alexis Ponson du Terrail (1829-1871).

 

 

Rocambole (pronunciemos, por ahora, Rocambol para que suene más francés) no solo fue un popular héroe ficticio que se veía envuelto en las aventuras más insospechadas, también fue un hito en la novela francesa y se considera que su creador fue un pionero en la evolución de la novela gótica hacia textos más modernos.

  

De ahí que rocambolesque se utilice en francés y tenga su equivalente en español culto para denominar a las aventuras desorbitadas y con muchas vueltas de tuerca. Sin embargo, para mí no significa eso. En 1967 llegaron a las pantallas dos películas del director y guionista mexicano Emilio Gómez Muriel, Rocambole contra la secta del escorpión y Rocambole contra las mujeres arpías, con Julio Alemán como nuestro héroe.

  

Yo no las vi en el cine, sino, hace también muchos años, en la televisión, de ahí que para mí, que conocía y conozco poco de literatura francesa, y en honor a los guantes como de lavar trastes, las mallas, los calzones arriba de las mismas y el antifaz del personaje de Alemán, la palabra rocambolesco me refiriera a un “héroe” que, queriendo ser magnífico, solo alcanza a ser absurdo o, incluso, ridículo.

  

Voy a confesar, porque no quiero andar fingiendo erudiciones, que mi imagen de Rocambole (tan distinta a la de Ponson du Terrail, cuyo personaje andaba con chistera, abrigo y gazné) y mi definición de rocambolesco se mantuvieron hasta apenas hace unos meses, cuando leí El sueño del celta, la más reciente novela del Nobel (y ahora, “el Carlos Fuentes”) peruano, quien me obligó a ir al diccionario, no tanto porque Vargas Llosa usara “rocambolesco” en un contexto que le fuera un tanto ajeno a mi visión de Julio Alemán en mallas y antifaz (indumentaria poco apropiada para Roger Casement en medio de las atrocidades y el calor del Congo Belga), sino porque usó la notoria palabra dos veces en un lapso de unas veinte páginas.

  

Vargas Llosa sí es un erudito en literatura francesa, o al menos un gran conocedor, y no me cabe duda de que usó “rocambolesco” en su sentido original (aunque sigo pensando que es un error de estilo utilizar una expresión tan inusual y sonora dos veces no solo con tan poca separación sino en la misma novela) y esto le dio, para mí, un tercer significado a la palabra derivado de que, como no vivimos en el País de las Maravillas, no podemos darnos el lujo que tenía Zanco Panco cuando le explicó a Alicia: “Cuando uso una palabra significa solo lo que yo decido que signifique: ni más ni menos”.

  

Bien, les recuerdo que todo este rodeo es para explicar por qué el Premio Carlos Fuentes me parece absurdo, rayano en el ridículo e impreciso en su significado; es decir, rocambolesco a mi modo y no a la francesa. Tras consultar el diccionario y ver en Wikipedia quién era Rocambole lo dejé por la paz hasta el pasado día 15 de octubre, cuando se le concedió el premio a Vargas Llosa por la contribución que, “desde el español, ha hecho a la literatura de la humanidad”. Al presentar el premio, la presidenta del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Consuelo Sáizar, dijo que era “parte de una decisión por consolidar a México como la plataforma intelectual del español”.

  

Como en mi definición de rocambolesco, este premio, con este inicio, ya no tiene inesperadas vueltas de tuerca. Podemos hacer una lista de los próximos ganadores: Gabriel García Márquez, José Emilio Pacheco, Juan Gelman, en fin, por lo pronto quienes hayan ganado Cervantes (podemos excluir a Bryce Ehcenique no tanto por plagiario sino para no repetir peruanos).

 

 

Es rocambolesco el premio también por su pretendida magnificencia, porque ¿significa acaso que México quiere hacerle la competencia a España a la hora de premiar escritores en uno de los múltiples idiomas de la península (no está claro de cuál de los españoles se está hablando, pero parece ser el castellano)?

 

Tal parece. Y como ciertamente el nombre de Carlos Fuentes no puede aspirar a medirse con el de Miguel de Cervantes, pues había que hacer algo para darle valor y lustre al nuevo galardón, así que mientras el nombre del autor el Quijote se acompaña con 160,000 dólares, el del creador de Aura tiene 250,000 dólares.

 

Otra explicación para este excesivo gasto de los fondos del erario público es que el Conaculta está buscando (o improvisando) alguna manera de gastarse el “presupuesto histórico para  la cultura” que consiguió este año. En el anuncio de la designación del premio, la viuda de Carlos Fuentes, Silvia Lemus, comentó la postura que el fallecido escritor tenía ante los premios: “Cuando él recibió el Premio Cervantes me dijo: ‘El premio es una sorpresa feliz’. Eso es todo”.

  

“No esperaba más premios después del Nobel”, dijo por su parte Vargas Llosa…

  

Ante eso cabe preguntarse: ¿Será posible pensar en un mejor uso de los 250,000 dólares que darle “una sorpresa feliz” y un reconocimiento a un escritor (y quienes le sigan) que ya obtuvo los premios más reconocidos, más cuantiosos y, por tanto, las sorpresas más felices a las que puede aspirar un practicante del oficio de la escritura? ¿No quedamos un poquito en ridículo, o al menos en absurdo, al darle un premio más a este escritor? Y, al ser cuantioso y de dinero público, ¿no estamos dejando mal parada la imagen de Fuentes ante la de Alfred Nobel, quien sí se encargó de dejar el dinero y las bases de sus premios?

  

Y ya puestos a preguntar sobre este premio, que por su notoriedad, cuantía y “sorpresividad” bien parece ser el estandarte de esa idea (¿ocurrencia?) de convertir a México en “la plataforma intelectual  del Español”, podríamos seguirnos e inquirir si no es absurdo que un país con alrededor de seis decenas lenguas (solo en India se hablan más, y quizá solo porque la conquista inglesa fue más respetuosa con ellas que la española aquí), muchas de las cuales (con toda la carga lógica, emotiva y cosmogónica que cada una tiene) se encuentran en peligro de extinción, no es absurdo, insisto, al punto de que ya ni rocambolesco resulta, que un país con tesoros así por desenterrar decida apoyar o proyectar (para eso es una plataforma, ¿no?) a la única de sus lenguas que no necesita tal apoyo, a la segunda más hablada del mundo

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El domingo 14 de octubre, día anterior al cumpleaños de Fuentes (que es cuando se nombrará siempre al ganador del premio con su nombre), se le entregó a Kalu Tatyisavi el Premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Mexicanas. Se le dieron 100,000 pesos. No asistió Consuelo Sáizar. Es un solo premio para dar visibilidad a las 62 lenguas mexicanas y se entrega casi a escondidas si lo comparamos con el Carlos Fuentes.

  

Tatyisavi habla Ñuu Savi, lengua a la que el México hispanoparlante denomina Mixteco.Un comunicado de la Coordinación Nacional de Literatura del INBA sobre el ciclo La primera raíz. Literatura en otras lenguas de México, en el que Tatyisavi participó el día anterior a recibir el Nezahualcóyotl, nos aclara la precariedad en la que se encuentra esta lengua, pues “además del desdén generalizado hacia las lenguas indígenas, en el caso del Ñuu Savi se suma su complejidad, pues originalmente se trata de una lengua que se expresaba en su origen [sic] con la representación esquemática de logos (palabras e ideas), además de que cuenta con 16 sonidos consonánticos, cuatro vocales y cuatro tonos”… Es decir, es un idioma afinado, como aún lo son muchos idiomas orientales. Pero en otra ocasión hablaremos, en nuestro español desentonado, de eso.

 

Por lo pronto, quizá podamos pensar en qué otros premios, creados o por crear, le podemos dar a Vargas Llosa y preguntarnos si ya con el Carlos Fuentes se acabó el riesgo de que haya un subejercicio del presupuesto histórico para la cultura… O tal vez prefiramos meditar si la expresión “plataforma intelectual del español”, dado que toda manifestación idiomática es producto del intelecto, no resulta igual de redundante que el título de la cinta Rocambole contra las mujeres arpías (las arpías, hermanas de Iris e hijas de Electra, eran, por definición y nacimiento en la mitología griega, femeninas).

 



Estudió las carreras de Biología, en la UNAM, y Música y Guitarra Clásica, en el CIEM, pero se ha dedicado al periodismo y la escritura. Como escritor ha obtenido los premios Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés y el Nacional Ciudad Ecatepec con el libro Números para contar. Actualmente se desempeña como editor de la sección Arte, ideas y gente del periódico El Economista, donde procura dar rienda suelta a sus intereses por el arte, la cultura y la ciencia.

mlino6@gmail.com