Programa de Economía Cultural - UAM Xochimilco

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21-11-2017 11:58:36

Proyectos Escénicos=Carpetas

 

Recuerdo una película protagonizada por la bella Rita Hayworth, en la que después del estreno de una obra teatral, el personal detrás del escenario observa que la obra había sido del gusto de los intelectuales, por lo que no dudan en afirmar que iba a fracasar en las taquillas[1]. Esa afirmación, de mediados del siglo XX en los Estados Unidos, no suena muy alejada de la realidad actual. Dejen que los ponga en contexto.

 

A principios de marzo pasado tuve la suerte de ser invitado a participar en un foro abierto en el marco de la llamada “Toma Simbólica del CONACULTA”, justo en el camellón de Paseo de la Reforma frente al edificio de esta entidad gubernamental. En dicho foro, convocado por los trabajadores culturales que fueron afectados por el incumplimiento de pagos del Consejo, uno de los asistentes perteneciente al gremio de las artes escénicas señaló que una gran parte del tiempo se la pasan revisando los lineamientos de las convocatorias de becas y premios, con el fin de tener acceso a alguna fuente de ingreso.

 

Al tratar este tema hubo consenso cuando se comentó que muchos de ellos habían aprendido el arte de armar carpetas, en vez de dedicarse propiamente a su labor creativa, con la finalidad de cumplir con los requisitos marcados por las autoridades culturales.[2] Esta situación nos orilla a pensar sobre la forma en que la intervención del gobierno en las artes escénicas y en otras vertientes de la cultura y de las artes, ha desvirtuado por completo el objetivo y la competencia entre creativos, y la ha trasladado de los foros al escritorio de algún servidor público.

 

En este nuevo mercado regulado, los creativos no se preocupan por atraer al público en sus respectivos foros, sino en cumplir con la totalidad de los requisitos, para que al final sea una persona, o un jurado, quien tome la decisión sobre los ingresos que el interesado va a recibir los meses siguientes.

 

Infortunadamente para los lectores, mi formación como economista me da una perspectiva que muchos pueden calificar de mercantilista, pero me inquieta el hecho de que los productos de nuestros trabajadores creativos terminen encerrados en un cuarto o bien se presenten en un escenario al que sólo acuden el mismo público de siempre: familiares, amigos y expertos. Pero si alguien llega a tener una visión de público más amplia, invariablemente será tachado de mercenario y recibirá una invitación para que se vaya a alguna productora comercial, o bien, a una televisora.

 

Algunos de los trabajadores creativos que he conocido en diversos lugares tienen el objetivo de que su trabajo se presente ante las masas, ya sea para darse a conocer o para ganar mucho dinero. Un amigo músico me dijo en una ocasión que su sueño era componer una canción que gustara a todo el mundo y que además le permitiera hincharse de lana. En este caso su objetivo era claramente mercantil, y tenía claro el público al que estaba destinado su producto. Creo que invariablemente cualquier trabajador creativo piensa en un público: grande o pequeño, selecto o popular, revolucionario o enajenado, las opciones son múltiples y de diferentes jerarquías.

 

Tradicionalmente los productos que son resultado de un trabajo creativo de diversa índole son filtrados por diferentes tipos de agentes, llámense productores de televisión, radio, cine o editorial, entre muchos. Ellos en un principio han sido quienes califican los productos y deciden si son apropiados para reproducirse y darse a conocer de manera masiva. Si bien ese primer filtro es decisivo para el desarrollo de los trabajos, el creativo no pierde de vista que su objetivo son las masas, no el empresario.

 

Pero ¿qué pasa cuando el objetivo es el empleado de una instancia de gobierno o un jurado? ¿Qué pasa cuando la meta no es generar un producto que atraiga al público, sino que sea del gusto de un censor? ¿A dónde va a ir a parar la genialidad del trabajador cultural: a un escenario o a una carpeta? ¿Por qué se va a competir: por un público o por una beca?

 

Desde mi punto de vista la competencia entre los trabajadores culturales se ha perdido desde el momento en que la recompensa a su esfuerzo no es la difusión masiva de sus obras, sino la obtención de un ingreso seguro y que el mismo talento de cada autor va a tener pocos estímulos para mejorar, ya que lo prioritario es mantenerse en el gusto de sus benefactores.

 

No niego que los estímulos a los creadores les han permitido recibir una remuneración de supervivencia, pero dudo que ese haya sido el objetivo de su plan de vida.

 

Es por ello que propongo revisar los propósitos de los programas de estímulos, para pasar del enfoque de supervivencia al de articulador de esfuerzos creativos con presencia escénica, difusión artística y formación de públicos. Se trata de pasar de la visión asistencial a una visión de fomento a la creatividad y calidad de la oferta y de activación de la demanda. Los productos generados como resultado de este cambio de enfoque, necesariamente serán conocidos por un mayor número de personas.

 

Estímulos como participación de taquillas o por permanencia de proyectos en escena, adicionales al ingreso fijo proveniente de las becas; fortalecimiento de los medios de difusión; alianzas con foros comerciales; vinculación de proyectos de medios diversos, para que un proyecto escénico tenga participación en películas o programas de radio o televisión, y viceversa; grabaciones de audio y video para venta, entre otras muchas opciones, pueden influir para que los trabajadores culturales piensen más en el público, en sus gustos, en la forma en que quieren hacerle llegar su mensaje, en el efecto que quieren provocar en ellos. Yo pregunto: ¿Qué tiene de malo pedirle a los trabajadores creativos que piensen en productos que sean del gusto de un público más amplio?

 

Espero que este texto provoque la molestia o reflexión y sea objeto de una discusión sana y, sobre todo, que contribuya a que las artes escénicas salgan de los folders y llenen escenarios, plazas públicas, parques e infinidad de lugares.

 



[1] Down to Earth (1947), de Alexander Hall.

[2] Aquí debo de agregar que lo mismo pasa en otros ámbitos, como en el caso de los concursos para acceder a las plazas del sector público Federal, en los cuales el armado de la carpeta curricular es necesario para acumular puntos conforme a los parámetros del Servicio Nacional de Carrera, aunque eso al final no sirva de gran cosa en la entrevista final.

 

 

 

Es economista egresado de la UAM Xochimilco y del CIDE, con amplia experiencia en el análisis de los alcances físico y financiero de los programas presupuestarios. Su interés se orienta a investigar sobre la relevancia económica de las actividades culturales y la distribución de los ingresos generados, en la cual los artistas son los menos favorecidos.

amierhughes@yahoo.com.mx